El que hace el bien de los demás, hace el suyo.
— Chinese Thinking.
Al terminar de comer aquel día de invierno en el salon de siempre, el monótono malestar ya acostumbrado, de mi estómago, me alertaba de un sufrimiento interno, mi mente bloqueo todo por la concentración hacia la cotidiana rutina laboral. En la noche todo empeoró. Tras una necedad intuitiva de no consumir fármacos, acudí a la añorada voz de mi abuela, después de tan ingrato tiempo sin verla.
Una infusión de oregano con limón te hará bien, pero eso si nada de azúcar.
Sabía tan amargo que fue desagradable beberlo, mi mente adoctrinada al dulce bloqueó por completo la gratitud que mi cuerpo ese día susurro a mi alma.
Quizá fue la mayonesa o el ají, pensé a la mañana siguiente. Tras leer la información de producto, se inundó mi mente con mas dudas de las toleradas usualmente, los porcentajes de sodio, colorantes, edulcorantes, preservantes, transgénicos. Tomé un segundo y por primera vez interioricé, mi cuerpo es el único lugar donde vivo gratis en todo el sentido de la palabra, más que una casa orgánica es un templo dónde soy yo.
Han educado nuestro paladar a la explosión de sabores, al sobreuso de condimentos, y hasta en televisión a exceder el consumo de lo que sea, la cura esta al alcance de una pastilla. En fin, llegó la primavera y me veía en el mismo salon, esta vez ya todo era diferente. Al darme cuenta de mi entorno entre presiones sofocadas del cliente y el servicio, su ambiente, su misma comida, la no interacción social, salí al mundo a descubrir que más puedo encontrar.
Varias macetas con plantas verdes adornaban su entrada, cuadros pintados que explayaban la imaginación habitual de un típico paisaje, adornaban sus paredes y un letrero intrigante: Restaurante Vegetariano. Entré y una chismosa en la puerta, despertó mi mente con sonidos afinados a un péndulo común y corriente, la armonía del lugar me lleno de una paz nostálgica, me sirvieron el menú del día, al terminar me sentí extraño, mi cuerpo estaba relajado interior y exteriormente, agradecí y salí.
Con el pasar del tiempo descubrí muchas cosas importantes acerca de los alimentos, su clasificación, sus propiedades, la combinación correcta, así mismo, el no uso de carnes, la contaminación global, la crueldad hacia los animales, y lo más importante, el estar bien con uno mismo. Volví a reconocer el valor de mi cuerpo, vivir sano, vivir bien y hacer el bien, respetar mi alrededor encontrando la armonía de paz que oxigena más mi ser. Donde puedo decir que valoro a las palabras de un campesino que las palabras de una propaganda, donde reconozco de nuevo la tierra a la industria. Ahora camino respirando correctamente y suspirando feliz el no formar más parte del desconocimiento.